Antenas, Alienígenas y Militares en la Ciénaga Tiburones

Antenas, Alienígenas y Militares en la Ciénaga Tiburones





Por Jorge Martín
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Aunque muchos no lo sepan, la ciénaga del Caño Tiburones, localizada en Arecibo, en el norte Puerto Rico, ha sido escenario de varios incidentes de encuentros con seres anómalos, tal como ocurre también en la conocida Laguna Cartagena de Lajas/Cabo rojo.

La zona del Caño Tiburones fue utilizada también para trabajos de investigación científica de la Fundación Nacional de Ciencias de los EE.UU. y del Departamento de la Defensa de los EE.UU., lo que originó fricciones con grupos ambientalistas que rechazaban su uso para tales fines.

El sistema del Radio Observatorio de Arecibo, aunque utilizado mayormente para investigaciones radio-astronómicas y alegadamente pertenece a la Universidad de Cornell, es en realidad un proyecto perteneciente al Departamento de la Defensa de los EE.UU., y el proyecto de investigación que se llevaba a cabo en la ciénaga estaba asociado a los proyectos del Radio Observatorio.

Utilizado desde los años 60s para efectuar estudios sobre nuevas armas misilísticas intercontinentales de las Fuerzas Armadas de esa nación, así como también más recientemente en estudios de la alta atmósfera de la Tierra, especialmente de la ionósfera, con la intención de recabar datos que ayudasen a desarrollar más cono-cimiento sobre los fenómenos energéticos que se producen en ásta para utilizar los mismos en el controversial Proyecto H.A.AR.P.

El sistema H.A.A.R.P. es un calentador ionosférico con el que se persigue lograr el control del clima en el planeta Tierra y la utilización de las condiciones climáticas como un arma, igual que otras aplicaciones de ese sistema.

Grupos ambientalistas obtuvieron en años recientes una lograron victoria legal a favor de la preservación de la ciénaga Tiburones cuando la Universidad de Cornell y la Fundación Nacional de Ciencias de los Estados Unidos de Norteamérica decidieron sacar de esa zona un controversial complejo de antenas que mantenían allí.

La demanda ganada perseguía que las agencias gubernamentales detuviesen el bombeo de agua de la ciénaga con la intención de secarla parcialmente para mantener el terreno seco con el objetivo de mantener en buen estado las antenas instaladas en el área por la Universidad de Cornell y la Fundación Nacional de Ciencias.

Esas antenas formaban parte de un sistema de experimentación ligado a los trabajos para el estudio del control del clima, o sea, otro calentador ionósferico, y estaban localizadas en un predio de 118 cuerdas en medio de la ciénaga. Eran utilizadas para efectuar experimentos con la ionósfera, hasta que dr vieron afectadas en el 1998 por el huracán Georges.

Para mantener seca la parcela donde estaban enclavadas las antenas, la Universidad de Cornell y la Fundación Nacional de Ciencias firmaron un contrato de arrendamiento con la Autoridad de Tierras de Puerto Rico en el que esa agencia insular se comprometía a bombear el agua de la ciénaga para mantenerla a un nivel artifi-cialmente bajo (3.5 pies bajo el nivel del mar), lo que alteraba el flujo de agua y el balance natural del ecosistema del humedal.

La ciénaga tiene una extensión de entre 5 mil y 7 mil cuerdas, y es un lugar muy especial que es hogar para sobre doscientas especies de animales, entre las que pueden mencionarse sobre cien especies de pájaros, incluyendo el pato dominico, la reinita pechidorada y la gallareta azul.

Pero parece ser que esos proyectos científicos desarrollados en la ciénaga, ligados la Fundación Nacional de Ciencias y al Radio Observatorio, llamaron la atención de entidades extrahumanas, y su presencia se dejó sentir en el lugar.

El incidente al que nos referimos a continuación así lo deja ver.

Los testigos del evento fueron dos arecibeños, el Sr. Juan Batista, y un amigo suyo que prefiere mantenerse por el momento en el anonimato.

Los hechos ocurrieron en el año 1990, y como los lectores verán, el caso tiene profundas implicaciones.

Veamos lo que Batista nos narró durante nuestra investigación de lo sucedido.

“Eso ocurrió para el verano de 1990, para el mes de junio -dijo-. Yo tenía unas nasas para coger camarones en el Caño Tiburones, y esa tarde estaba en mi casa como a las 5:30 de la tarde este amigo mío, que es co-dueño de las nasas, y le dije: ‘Papo, vamos a chequear las nasas, que hace dos días que no vamos’.

“El no quería ir, así que me fui solo. Me monté en mi bicicleta y fui para el caño, donde estaban las nasas, ya allí, cuando estoy llegando a una curva, que ya uno está bien cerca del caño, vi a tres nenes. Eran casi las 6:00 de la tarde, comenzando a obscurecer, pero todavía de día, claro.

“Los niños, para mí hasta ese momento eran niños… estaban parados de espaldas a mí y mirando hacia el caño, hacia al agua.”

Batista prosiguió su relato: “Lo que me extrañó fue verlos solos, pues eran muy pequeños para estar solos allí a esa hora. Busqué a ver si veía al papá o a alguien por los alrededores que estuviese con ellos, pero como iba con prisa a ver las nasas seguí adelante y no les presté más atención.”

A preguntas nuestras nos describió a los alegados ‘niños’ que vio en el caño: “Estaban vestidos los tres de igual manera, y pensé que a lo mejor eran trillizos. Se veían como nenes de unos cuatro años de edad…como de casi cuatro pies de alto, bajitos. Estaban mirando, como observando un ojo de agua.

“Tenían una ropita pegadita al cuerpo, como un mameluquito de color claro… como un gris blancuzco o medio cremoso con azul, bien claro. Era algo como lo que le ponen a los bebés, que es una ropita de una pieza, la payamita esa.

“Continué hacia donde estaban las nasas, y como el sitio está retirado de donde estaban ellos tardé como una hora ó 45 minutos en regresar por allí, ya estaba obscuro.

“Al llegar donde estaban las nasas las examiné y no tenían camarones, y me di cuenta de que mi amigo no había querido ir porque ya había ido y se había llevado los camarones y no me lo había dicho.

“Ahora sí, cuando regresaba para salir del sitio vi a los nenes de nuevo paraditos en el mismo lugar donde estaban antes.

“Ahí sí me paré, porque ya estaba obscuro y me preocupó verlos allí.

“Al estar cerca de ellos detuve la bicicleta y les dije: ‘Miren; ¿ustedes están solos aquí?’

“Y ahí fue que se voltearon los tres hacia mí a la misma vez… como si fueran robots. Se dieron vuelta hacia mí y cuando me confrontaron vi que tenían los ojos rojos… y de los ojos les salía como una luz roja.

“Aquello me impresionó y… no sé, pero ahí sentí que me paralizaba, y sentí como un baño de agua fria desde la cabeza hasta la punta de los pies.

“Ahí los vi bien. Como ya dije, parecían trillizos. Tenían los tres el mismo tamaño… y con poco de pelo, que era más bien como una lanita. Con un pelo como canosito. Para mí que eran rubios, pero un rubio claro, de un tono pajoso.

“Sí recuerdo, y eso no se me va a olvidar nunca, sus ojos grandes y aquella luminosidad rojiza en ellos.

“Eran delgaditos, con los bracitos larguitos, y tenían sus cabecitas un poquito más grande que las de nosotros, con narices y boquitas chiquitas, finas.

“Eran blancos, bien pálidos, como nenes albinos, jinchos.”

Atemorizado, Batista quiso irse de allí al momento, y aunque sentía que su cuerpo no le respondía intentó moverse para abandonar el área.

Luchó contra aquella sensación de parálisis, y al lograr moverse un poco intentó irse en su bicicleta, pero no lograba accionarla, y cayó al suelo.

Se levantó nuevamente, con dificultad, recogió la bicicleta, y se cayó por una segunda vez.

Era como si no pudiese manejarla, así que la cogió por los mangos, y pudiendo ya moverse un poco más, siguió corriendo, y en ese momento sintió en su mente una voz que le decía “¡No tengas miedo! ¡Detente! ¡Párate!”

El gritó y contestó: “¡No…no, no! ¡Yo quiero seguir. Tengo miedo! ¡Yo me voy!”

La voz extraña continuaba diciéndole en su mente “¡’No tengas miedo, párate!” “¡No te va a pasar nada!”

Pero él, en estado de pánico, luchó contra aquellas órdenes mentales, contestando con fuerza en su mente “¡No, tengo miedo! ¡No me voy a parar!”

Una vez fuera del área, tras analizar lo sucedido, Batista llegó a la siguiente conclusión: “Aquellos tenían que ser seres extraterrestres. Definitivamente no eran seres de este planeta. No eran niños. Nuestros niños no tienen ojos que despidan luz rojiza.

“Y tampoco eran espíritus. Eran seres materiales, muy físicos, pero como dije, tampoco eran seres humanos.

“Llegué a la conclusión de que eran seres de otros planetas que estaban haciendo algo en el caño, y yo me topé con ellos.”

Preguntamos al testigo si tenía conocimiento de que el sector del Caño Tiburones había sido escenario de un número de incidentes aparentemente relacionados al asunto OVNI, y contestó: “Había escuchado comentarios de algunas personas que decían haber visto bolas de luz bajar en el caño. Pero nada de cosas como lo que yo vi.

“Si hubiese sabido que esas cosas estaban por allí no hubiese ido para allá, y menos solo.

“Pero allí pasan otras cosas -añadió-, porque siempre ha habido comentarios de parte de los cazadores y de los pescadores que van al caño de noche, de que se les presentan sorpresivamente militares vestidos de camuflaje para cuestionarles qué hacen allí, y los hostigan para que se vayan.

“Les registran sus automóviles, les apuntan con sus armas y les dicen que se vayan, que no pueden estar ahí a esa hora.

“Ahora bien, hay que recordar que ahí hay unas antenas que están relacionadas con las investigaciones que hace el radio observatorio de Arecibo, y desde que están esas antenas ahí es que la gente tiene encontronazos con esos militares.

“La gente piensa que están vigilando, protegiendo a las antenas, pero a lo mejor están en la zona porque saben lo que pasa allí con eso de los ovnis y esas criaturas.”

“¡Mira, el Carro Cogió Fuego!’

Una vez recuperado de aquella experiencia, tres semanas más tarde regresó un día al caño con su amigo Papo, para buscar sus nasas.

Al llegar estacionaron su automóvil, una guagua que tenía Papo, y tras recoger las nasas, ya a eso de las siete de la noche, ocurrió algo que les impactó.

“Papo me gritó -indicó Batista- ‘¡Mira, el carro cogió fuego!’

“El carro estaba a unos 10 minutos de distancia a pie, y al mirar vi que había una iluminación, se veía como si el carro estuviera en llamas, unas llamas amarillentas.

“Salimos corriendo, y al acercarnos ya al carro vimos que no eran llamas, era más bien una luz amarilla bien brillante, intensa y cegadora que iluminaba al carro, y la luz rebotaba sobre él y destellaba. Pero no se veía de dónde venía aquella luz, más bien salía del mismo carro hacia afuera.

“Mi amigo se asustó y dijo: ‘¡Eso son los OVNls, vamos a tirarnos al piso, escóndete!’

“Nos tiramos al suelo a esperar que aquello cesase, y poco después todo cesó de momento, pero fue como si la misma guagua hubiese absorbido aquella luminosidad de golpe. Eso fue lo que vimos.

“Entonces, cuando decidí ir hacia la guagua mi amigo me gritó: ‘No vayas, porque puede estar caliente todavía, o puede tener algo que nos haga daño’.

“Esperamos unos 10 minutos más, fuimos y la guagua estaba fria, y cuando la prendí, que le tiro el primer cambio, sin haberle puesto el pie en la gasolina, la guagua salió bien acelerada, bien ‘esmandá’, como se dice, y como el camino es en tierra y con muchos boquetes la apagué, porque se me iba a romper. Pero aun así, apagada, corrió un buen trecho.

“Esperé un poquito y al prenderla de nuevo hizo lo mismo y llegó hasta la curva de las antenas, y ahí volvió otra vez y bajó en velocidad, y cuando salimos del caño siguió funcionando bien.”

Hostigado por Agentes Federales

Al trascender lo que había visto Batista en la ciénaga recibió la visita en el lugar donde trabajaba en Arecibo de dos individuos misteriosos que le hostigaron y le ordenaron no hablar sobre lo que había visto.

“Como a los dos días de yo haber visto a los hombrecitos aquellos en el caño – nos dijo-, yo había ido a almorzar y cuando regresé, a eso de las 12:45 p.m. a mi trabajo en el municipio, había dos individuos de unos seis pies de alto y muy bien vestidos, con camisas blancas y azul de mangas largas y corbatas, y uno de ellos tenía unas gafas obscuras de esas Ray Ban.

“Uno era más blanco, y el otro más trigueño. Los dos tenían el pelo negro. Me abarcaron en la entrada y me preguntaron si yo era Batista, y les dije que sí. Se veía que eran profesionales, personas educadas.

“Uno de ellos me dijo: ‘Mira, a nosotros nos interesa lo de los OVNIs, y venimos a investigar qué fue lo que te sucedió en el Caño Tiburones’.

“Le dije: ‘Está bien, pero esperen a que ponche mi tarjeta de empleado y vengo y hablo con ustedes’.

“Fui y ponché mi tarjeta y ya con permiso de mi patrono salimos y nos sentamos cerca, en la plaza de recreo de Arecibo.

“Empezaron a hacerme muchas preguntas y a cuestionarme sobre lo que había pasado, hasta que les pregunté quiénes eran ellos y les pedí que se identificasen, porque su actitud era ya una rara, hostigante, y diría que hasta un poco hostil, y ahí ellos cambiaron el tono y me contestaron agresivamente que no se iban a identificar y que no iban a contestarme nada, que las preguntas las hacían ellos y yo estaba allí para contestar las suyas, y no para preguntar nada.

“Ahí me di cuenta de que no eran lo que parecían ser, y posiblemente eran agentes del gobierno, federales.

“Fue como cuando los agentes están llevando a cabo un interrogatorio, que ellos dirigen la conversación y no permiten que la persona interrogada opine o se desvíe…pues algo así, como un interrogatorio programado. Y todo el tiempo amedrentándome para que yo no hablase de lo que vi en el caño.

“Eso me molestó, su actitud, porque estaban cuestionándome lo que había visto. Me decían que no debía hablar de lo que había visto en el Caño Tiburones porque la gente iba a decir que yo estaba loco, que mantuviese callada la información.

“Por un lado me decían que yo no había visto nada de eso, y por otro me decían que querían que los llevase al sitio donde pasó todo y me decían que no hablase con nadie del incidente ni de aquellas criaturas.

“Me insistieron en que querían que fuese con ellos al caño y les dije que sí, pero que tenía que ser cuando saliese de mi trabajo a las cuatro de la tarde. Dijeron que estaba bien, pero al salir a las cuatro no estaban allí, y jamás volvieron.”

¿Por qué insistían los agentes en que Bautista no divulgase lo que sucedía en la ciénaga Tiburones?

¿Qué conocían sobre lo que sucedía en el área?

¿Por qué atemorizaban al testigo?

¿Y por qué ocurrió el encuentro en otro sector donde la Fundación Nacional de Ciencias de los EE.UU. tenía un complejo de antenas para experimentar con la ionósfera terrestre, proyecto que era supervisado precisamente por personal del Radio Observatorio, lugar donde también se habían producido eventos parecidos?

Además, debe señalarse aquí que el tipo de seres vistos por el señor Batista en la ciénaga Tiburones es similar al visto por la señora Carmen Cortés en el sector Punta Palmas del municipio de Barceloneta, muy cercano al Caño Tiburones.

Durante una investigación que habíamos hecho de un encuentro con EBEs y una nave discoidal en el sector Punta Palmas, la Sra. Cortés nos reveló que en dos ocasiones se había encontrado con unos “…hombrecitos raros, pálidos, de unos tres pies de alto, con ojos saltones de coloráos”, en el traspatio de su residencia, y que éstos siempre corrían hacia un manglar aledaño que se une al Caño Tiburones, y se zambullían en el agua, desapareciendo.

“Es como si respirasen bajo el agua -dijo la dama-, porque se tiran al agua y no vuelven a salir”.

Esta mención por la Sra. Cortés de los alegados hombrecillos de ojos rojos que había visto corroboraba lo dicho por el testigo Batista en forma independiente.

Claramente, si somos objetivos y analizamos todo lo expuesto, podemos decir que toda esta casuística no es por mera coincidencia, que algo muy importante sucede
en la zona, y que, como hemos visto en otras situaciones parecidas, las autoridades están muy al tanto de lo que ocurre.

 

 

 

 

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