‘Simón, opera magna’…EL ORIGEN DEL CRISTIANISMO

Ha llegado el momento de dar a conocer algo que lleva gestándose cinco años, el secreto mejor guardado de la Historia: Cómo nació nuestra religión.

                Siempre se nos ha dicho que Jesús nació en Belén, que era el Hijo de Dios venido a la tierra para redimir a la Humanidad, que fundó la Iglesia, cuyas cabezas visibles serían Pedro y sus sucesores, y mil cosas más. Pues bien, estudiando los textos de nuestra religión y basándome sólo en ellos, he llegado a descubrir cómo, cuándo, por quién y para qué se creó el cristianismo. Y las cosas no son como se nos dijo siempre. Y, lo que es más importante, han quedado pruebas documentales del proceso mediante el cual nació nuestra religión.

                El proceso y las pruebas se explican de manera clara en el libro ‘Simón, opera magna’, cuyo rincón exclusivo será este nuevo apartado. Vaya por delante el esquema de dicho proceso.

                * Los cuatro Evangelios se acepta que fueron escritos por Mateo, Marcos, Lucas y Juan.

                * Sin definir el año, pero los Evangelios habrían visto la luz en el siglo I.

                * Todo lo anterior es falso. Realmente, los cuatro Evangelios son obra de la misma persona. Todo el Nuevo Testamento es obra de esa persona.

                * Esa persona no vivió en el siglo I. Vivió y escribió el Nuevo Testamento en el siglo IV.

                * Esa persona estaba en contra de la falsificación que se veía obligada a realizar, de modo que dinamitó el edificio que estaba construyendo y lo hizo firmando cada frase que incorporaba a los ‘escritos sagrados cristianos’, los que luego se diría que eran palabra de Dios.

                * Su firma consta de cinco letras, las de ‘Simón’.

                * En los cuatro Evangelios hay unas 2.000 firmas de Simón, una a continuación de otra. En el resto del Nuevo Testamento (epístolas de Pablo, Hechos, Apocalipsis, etc.) hay otras 2.500 firmas más. En todo el Nuevo Testamento, alrededor de 4.500 firmas.

                * Se ha localizado, mediante el método de las firmas, a Simón. Fue Eusebio de Cesárea, servido ‘leal’ del Emperador Constantino.

                * El Emperador Constantino no se convirtió al cristianismo, lo encargó. El cristianismo es la religión que Constantino deseaba para su Imperio. Y la mandó crear.

                Ya sé que la noticia es escalofriante, tremenda. Da que pensar. El libro contiene además algunas reflexiones sobre la manipulación, las características de una manipulación hecha de modo casi perfecto y, lo que es más interesante, la forma de evitar las manipulaciones que nos rodean. Forma que, de puro sencilla, casi pasa desapercibida.

                Renuncio a resumir un libro en la extensión que debe tener esta presentación. Nuestro amigo visitante tiene el primer capítulo del libro a su disposición.

 

 

Capítulo primero

I.1. Introducción.

                Siempre es doloroso romper una ilusión. Y siempre es agradable generar ilusiones. Tal vez este libro rompa ilusiones y cree otras nuevas. Veamos por qué. Hay dos pilares sobre los que en gran medida se ha basado nuestra sociedad. Uno es nuestro sistema democrático, herencia de nuestros antepasados griegos. El otro es nuestro Cristianismo, herencia de … ¿de quién? ¿Dónde hunden sus raíces nuestras creencias? Es lo que vamos a ver a lo largo de las páginas del libro.

                Si dijéramos al lector que todas las creencias que alberga sobre la vida, la muerte y el objetivo de la vida se basan en noticias falsas. Y que las creencias que permite que inculquen a sus hijos o nietos se basan asimismo en falsedades. Si demostráramos de manera documental que todos los textos fundamentales del Cristianismo son una inmensa falsificación, realizada 300 años después de morir Jesús, eso no sería lo peor.

                Sé que suena extraño, pero lo peor no es que se nos enseñan falsedades desde la cuna. Lo peor es que se nos ha ocultado el camino para realizar el objetivo de nuestra existencia. Y se nos sigue ocultando. El objetivo de nuestra existencia es la Evolución, la Plenitud y la Felicidad. Y se nos sigue ocultando la manera de alcanzar esas metas.

                Se puede afirmar ahora que hemos estado sujetos a una manipulación ideológica que resulta casi imposible de imaginar.Expongamos al lector de manera resumida:

                ¿Sabía el lector que los cuatro Evangelios fueron escritos por la misma persona y que esa persona nació más de 200 años después de la muerte de Jesús en la cruz?

                ¿Sabía el lector que el Cristianismo fue la religión que Constantino impuso a todo su Imperio, que dicho Emperador ordenó escribir todo el Nuevo Testamento y que antes de Constantino nadie sabía que era eso del Cristianismo?

                ¿Sabía el lector que el autor de los Evangelios firmó la falsificación que estaba realizando, para dejar una prueba de que los cuatro Evangelios eran obra suya? Veremos en este libro varias docenas de firmas suyas, una a continuación de otra. Existen miles, en todos los textos sagrados cristianos.

                ¿Sabía el lector que jamás existieron ni Pedro, ni Pablo, ni Mateo, ni Lucas, ni Marcos, ni Judas Iscariote, ni María Magdalena, ni casi ninguno de los personajes que aparecen en los Evangelios o en el Nuevo Testamento? Todos las referencias a estos personajes fueron compuestas y firmadas por una misma persona, el falsificador.

                ¿Sabía el lector que jamás hubo persecuciones contra los cristianos, sencillamente porque el Cristianismo se inventó en el siglo cuarto, por orden de Constantino, y que tampoco hubo mártires que las sufrieran?

                ¿Se da cuenta el lector de lo qué es una manipulación hecha como Dios manda?

               I.2. La falsificación.

                Adentrémonos en la mayor falsificación que ha conocido la Historia. La misma comienza en un momento dado del mandato de Constantino, Emperador que rigió el Imperio romano desde el año 306 hasta el 336, en que murió. Constantino era hijo de Constancio, que fue co emperador designado por Diocleciano muy a finales del siglo III. Hacia el año 312 surgió en la mente de Constantino la idea de que el Imperio estaría más unido si todos sus súbditos tuvieran las mismas creencias. Y se propuso unificar la religión de su vasto Imperio.

                A la sazón, las religiones existentes en el Imperio eran las propias de cada territorio conquistado. Egipto había aportado su panteón, con Amón-Ra, Isis, Osiris y Horus. Grecia, el suyo, con Zeus, Hera, Poseidón y demás dioses y diosas. Además de ello, Grecia aportó la Sabiduría de sus Maestros, que hemos de conocer en este libro. Roma tenía sus dioses, encabezados por la Tríada Capitolina de Jupiter, Juno y Minerva. Y así, cada región incorporada al Imperio. En tiempos de Constantino gozaban de gran predilección los cultos mistéricos y entre ellos los de Orfeo, dios tracio, los del griego Diónisos, los de Atis y Cibeles, frigios, los de Isis y Osiris, griegos, los del iranio Mitra y algunos otros, como los misterios de Eleusis o el saber oculto de Hermes.

                Antes de Constantino, todos los Emperadores, e incluso quienes gobernaron durante la República, antes de convertirse Roma en Imperio, respetaron las creencias de los pueblos conquistados. Esta tolerancia había facilitado la convivencia. A todos los Emperadores anteriores les había bastado con gobernar sobre los territorios incorporados al Imperio. Constantino quiso además modelar las conciencias de sus súbditos. Las repercusiones de semejante desatino iban a sobrepasar las mejores previsiones de Constantino y de quienes le ayudaron.

                Ante la gran tarea a realizar, unificar la religión del Imperio, Constantino se rodeó de un reducido equipo de personas. Lo primero fue concretar la manera de llevar a buen término los planes del Emperador. Para ello quedó decidido que la nueva religión no sería ninguna de las vigentes, sino una nueva, creada por los miembros de dicho equipo y que recibiría el visto bueno del propio Emperador. Pero una religión recién creada, sin base histórica alguna, no fue la solución adoptada. La religión no debía ser nueva, sino antigua, con una prestigiosa tradición. Por tanto, había que crear unos libros sagrados, supuestamente escritos siglos atrás. Y se decidió no sólo inventar una nueva religión, sino dotarla de una respetable historia, de una tradición heroica. Ello la haría más atractiva para el pueblo. Se le crearía, pues, una bella historia. Todo era posible, contando con el apoyo imperial. El Emperador favorecería la nueva religión y le construiría nuevos e impresionantes templos, mayores que los ya existentes.

                Además de creencias y templos, la creación de una nueva religión implicaba crear una nueva casta de sacerdotes, los que pondrían en marcha los ritos que arroparan y dieran cuerpo a dicha religión, dentro de los templos a construir. Habría que dotar de historia a la nueva casta sacerdotal, de una historia gloriosa y respetable. Y generar además una serie de personajes ficticios, que hubieran dejado escritos sobre la religión inventada, a fin de dar tradición de siglos al montaje que se iba a poner en marcha en aquel momento.

                Aquellas ideas que incitaran al ciudadano a reflexionar por sí mismo y sentirse tan autónomo como para criticar incluso al poder imperial serían extirpadas sin contemplaciones. Guerra absoluta al Conocimiento griego, fuente de todos los males. Los griegos, no contentos con los dioses del Olimpo, habían esparcido la idea de que los humanos encerraban una semilla divina, que, decían, inspiraba a los mejores de entre ellos. Toda capacidad crítica debía quedar absolutamente prohibida. Había que volver dóciles, pasivos, acomplejados, humildes e ignorantes a los ciudadanos. La meta de su vida sería un premio después de la muerte. Se crearía una religión, con los platos más apetecibles del momento. Y se incluirían en la nueva religión los ritos que estaban de moda en el Imperio, en especial los misterios, tan del gusto del pueblo.

                Además, y como ingrediente fundamental, la particular fobia que Constantino sentía hacia los judíos. Éstos se habían rebelado por dos veces contra Roma. Si otros pueblos les imitaban, no habría legiones suficientes para defender las fronteras del Imperio. Ello llevó a elegir como personaje central de la nueva religión a un judío, ajusticiado por el procurador de Judea. Se culparía al pueblo judío del deicidio, porque, claro está, el supuesto fundador de la nueva religión habría sido el Hijo de Dios. Habría fundado una iglesia, la que Constantino iba a crear, habría instituido los ritos que Constantino y su equipo iban a inventar y habría afirmado que la suya era la única religión verdadera y que todo el que no creyera en ella sufriría eterna condenación. Para ello, se inventaría un castigo adecuado al horrendo crimen de desobedecer al Emperador.

                A Constantino no le cabía la menor duda de que la nueva religión caería como un bálsamo sobre unos ciudadanos desconcertados y con creencias dispares. Y todo el Imperio, unido por la nueva religión, lucharía como un solo hombre contra los peligros exteriores que amenazaban la continuidad del Imperio y de su Emperador, Constantino.

                A los futuros fieles, lo único que se les exigiría para ingresar en la nueva religión imperial sería tener fe, aceptar lo establecido por el equipo fundador. Se glorificaría la fe, virtud fundamental, clave del tinglado, la primera entre las virtudes del ciudadano fiel que Constantino quería. La fe sería un don de Dios. Se haría especial hincapié en que todo lo relatado en los libros sagrados era verdad verdadera. Y se tacharía de orgulloso y soberbio a todo aquél que no diera su conformidad al montaje. Además, se repetiría incesantemente, Dios rechaza a los soberbios.

                Ante nosotros, las ideas fundamentales del montaje constantiniano. Nos falta conocer las personas que pusieron en marcha la espectacular trama descubierta. Y deberemos conocer asimismo las pruebas documentales de que cuanto estamos exponiendo no es fruto de la imaginación, sino realidad innegable.

                I.3. Los miembros del equipo.

                Buscar la cabeza del equipo será tarea fácil, el propio Constantino como motor principal. En un tema semejante, implantar una religión única en todo el Imperio, nada podía hacerse sin la iniciativa del Emperador. Es cierto que la labor de Constantino no fue designar su religión como la única permitida. Hubiera sido correr demasiado. Esta función quedaría reservada a un Emperador posterior, hispano, a Teodosio. Ambos pasarán a la historia como Constantino el Grande y Teodosio el Grande. La historia la escribirán los monjes medievales, miembros de la casta sacerdotal creada por Constantino.

                Basta con leer la historia del Cristianismo en tiempos de Constantino para tropezar de inmediato con su asesor en asuntos religiosos, Osio. Teniendo en cuenta que el equipo que describiremos construyó la historia a su medida, habrá que tener sumo cuidado en no dejarse engañar y dar por histórico sólo aquello que esté plenamente confirmado. Que Osio fue una persona real, histórica, y que acompañó a Constantino en su trayectoria ideológica es algo sobradamente probado.

                Bueno será adelantar el carácter de Osio para comprender los motivos de su elección. Osio era una persona muy entendida en las Escrituras judías, detallista, dotado de gran memoria, sin escrúpulos, autoritario y obsequioso con el poder. Pero también, no demasiado culto, muy poco creativo e impulsivo. Fue la primera de las características descritas, su dominio de la Ley y los Profetas hebreos, lo que le izó al puesto de asesor principal del Emperador Constantino. Porque eso era lo que Constantino necesitaba.

                Bajo la dirección de Osio, mal se hubieran escrito los libros sagrados de la nueva religión. Osio era un mal literato. Para la gran cantidad de escritos a generar se necesitaba un escritor profesional. Constantino contaba entre su círculo más estrecho con uno y de primera fila, con Eusebio de Cesárea. Él sería el autor material de todo cuanto fuera necesario escribir. Y del mismo modo que Constantino era un avezado general en el campo de batalla, dentro de su equipo estableció la jerarquía con meridiana claridad. Las ideas básicas de la falsificación a realizar serían las de Osio. Cierto que tales ideas estaban inspiradas en los objetivos que Constantino se había marcado. Como Osio no era un literato adecuado, la redacción de tales ideas correría a cargo de Eusebio.

                Bien, lector, ahora debiéramos hablar del tercer miembro del equipo, de Eusebio de Cesárea. Sin embargo, no lo hacemos. Su trabajo lo vamos a ver con mucho más detalle dentro de dos capítulos. Éste fue el planteamiento que allá por el año 312 de nuestra era se decidió en la Roma que iba a ser eterna. Ni siquiera sus promotores llegaron a imaginar el alcance de su creación. Porque, como sabe el lector, la unidad religiosa del Imperio no impidió que éste fuera asolado por los pueblos más allá de sus fronteras. Pero la cultura del pueblo romano era muy superior a la de los conquistadores y terminó imponiéndose. Constantino y sus secuaces no podían prever que el Occidente que surgiría del conquistado Imperio iba a ser el futuro poder que regiría los imperios que vería la Historia. Ni que su obra iba a tener nada menos que 1.700 años de vigencia.

                I.4. El trabajo realizado.

                El plan funcionó de modo perfecto, a pesar de un gran fallo que encerraba. Fallo que sería descubierto 1.700 años después. No obstante, engañar a todo el Imperio y a toda la sociedad occidental durante 17 siglos, hay que reconocer que es todo un logro.

                Estamos en Roma. Corre el año seis del reinado de Constantino (año 312 de nuestra era). Constantino ha partido hacia la frontera y ha dejado reunidos a Osio y a Eusebio. Ambos reúnen el material del que deben partir. Se trata de tres pequeños libros que contienen todo lo que quedó escrito del Maestro judío crucificado hacía casi tres siglos. El escrito en primer lugar era una colección de dichos del Maestro, recopilados por uno de sus discípulos, de nombre Tomás. Había otra colección de reflexiones, ésta de un tal Felipe. No eran dichos del Maestro, sino conclusiones a las que Felipe había llegado con el tiempo.

                El tercer escrito era más interesante, era un escrito biográfico. Redactado por uno de los discípulos, de nombre Juan, recogía una muestra de las enseñanzas de aquel Maestro judío que murió joven. Osio no conocía ninguno de los libros que Eusebio tenía en su biblioteca particular. Eusebio, por el contrario, los conocía a la perfección. Y los tres tenían un gran valor para él.

                Es él quien había sugerido a Constantino que podrían basarse en el Maestro judío, ya que Constantino estaba decidido a hacer intervenir a los judíos en la historia. De modo que el plan pasaba por basarse en tal historia y construir sobre ella la religión que quería Constantino. Pero para ello era preciso una drástica transformación, pues tanto el relato original de Juan como las otras dos colecciones de dichos eran textos de Sabiduría, la misma Sabiduría que la explicada por los Maestros griegos, la componente que no deseaba el Emperador en su nueva religión.

                En un texto de Sabiduría se describe el camino que el humano debe recorrer para lograr la felicidad permanente, su realización como ser humano pleno. Defienden los Maestros que el objetivo del ser humano en la tierra es culminar su evolución y alcanzar la Plenitud. Y un texto de Sabiduría indica la manera de lograrlo. Todos los Maestros afirman que tal trabajo es laborioso y coinciden en la definición del mismo y en su utilidad. Se denomina Maestros a quienes han alcanzado dicha meta.

                El equipo se planteó la mejor manera de llevar a cabo el plan del Emperador. Y decidieron que crearían más relatos sobre la vida y la doctrina del Maestro judío. En total harían cuatro, sensiblemente parecidos, aunque no iguales. Rechazaron los dos libros de dichos, dada su sencillez. Parecía mejor crear escritos biográficos. Además, Eusebio era historiador y crear historias se le daba bien.

                En primer lugar se servirían de los dichos de Tomás para crear su propia historia del Maestro judío. Emplearon para ello dichos inofensivos o, más bien, fragmentos que no contuvieran Sabiduría. Dieron así forma a una nueva biografía del Maestro, eligiendo todo aquello que realzará la humildad, de que los últimos serán los primeros, lo cual se emplearía contra los judíos y a favor de los propios romanos. De este modo compuso Eusebio un escrito biográfico sobre el Maestro judío. Este escrito tenía una extraña cualidad, a los ojos de Osio: Era isométrico, es decir, todos sus capítulos tenían seis frases. Eusebio había compuesto el documento base de lo que el equipo legaría a la posteridad como Evangelio según Marcos. Mejor dicho, según San Marcos, ya que el equipo falsificador de los textos sagrados cristianos iba a inventarse el nuevo concepto de santidad, honor que se concedería a quienes ayudaran a extender el engaño. Marcos documento base figura en el punto 1 del Anexo. Téngase en cuenta que el mismo es obra íntegra del equipo de falsificadores. No hubo ningún personaje llamado Marcos que lo escribiera. De ahí que le llame documento base y no Marcos original. Y eso lo diferencia de Juan original, ya que este escrito sí que tiene a Juan por autor, siendo Juan un personaje existente, histórico.

                Eusebio mostró a Osio que también el relato de Juan era isométrico, con todos los capítulos de diez líneas. Era un modo con el que el autor se aseguraba de que nadie añadiría algo al texto original. Si lo hacía, uno de los capítulos no tendría ya 10 líneas y el lector lo notaría. Habría líneas falsas en dicho capítulo. Y posiblemente se podría deducir cuáles.

                Entonces Eusebio le explicó a Osio que eso era habitual en los escritos ideológicos de la época, colocar defensas para proteger los escritos. Le explicó que varios Salmos de las Escrituras judías iniciaban cada párrafo por las letras del alfabeto hebreo. Osio no lo sabía. Osio solía emplear la traducción al griego de la Torá hebrea (lo que nosotros conocemos como Septuaginta, una traducción del hebreo al griego, hecha en Egipto casi seiscientos años antes). Eusebio, en cambio, leía el hebreo y lo entendía.

fuente:   http://www.sofiaoriginals.com/simoncapituloprimero.htm#simoncapituloprimero

 
Published in: on 2 septiembre, 2008 at 7:23 AM  Comments (5)  

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5 comentariosDeja un comentario

  1. quisiera saber cuales son los sustentos reales que dan pie a las aportaciones que aquí se vierten, me interesa el conocimiento, pero siempre con una base solida e irrefutable

  2. la religion y la politica se basan en el principio de someter al pueblo a base de la mentira dulce y convincente para lograr el objetivo de mantenerlo sumiso, manso y noble capaz incluso de dar su vida por defender ideales ajenos que incluso son en su perjuicio

  3. Interesante, siempre creei que esta religion era una farsa al igual que todas las existentes, ecepto la de la torah.

    bien por el informador, de seguro sacara a miles de las falsas doctrinas del mundo.

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  5. Un primer capítulo con tan poco fundamento que parece creado para desprestigiar su mensaje.


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